MIEDO A LA DELIBERACIÓN
(Para el Diario El País)
Fabio Velásquez C.
El Dr. Fabio Velásquez
es socio de la Fundación Foro Nacional
por Colombia y Director de la Unidad Ejecutora
de Programas
Las democracias modernas tienen un importante
componente de deliberación pública. En los
sistemas representativos tradicionales esa
deliberación tiene lugar en el seno de los
cuerpos de representación política, el Congreso,
los concejos municipales, etc. Es una deliberación
hasta cierto punto cerrada en la que participan
los dirigentes políticos y miembros del
gobierno y muy excepcionalmente otros sectores
de la población.
En contraste, los sistemas de democracia
participativa amplían el campo de la deliberación
(nuevos espacios públicos), los actores
que intervienen (no sólo los elegidos a
los cuerpos colegiados, sino también los
ciudadanos a título individual o como agentes
de una determinada organización) y los temas
objeto del debate. Esto implica una ampliación
de la esfera pública y una actitud de ciudadanos
y ciudadanas más abierta a la discusión
de los asuntos colectivos.
En Colombia no parece que se haya comprendido
el alcance de este aspecto nodal del funcionamiento
de la democracia, consignado en la Constitución
de 1991 e impulsado con vehemencia por algunas
figuras políticas, por ejemplo, el ex alcalde
de Bogotá, Antanas Mockus. Muestra de ello
es la negativa del presidente candidato
a confrontar públicamente sus propuestas
de gobierno con las de los restantes candidatos
a la presidencia. A través de su vocero
de oficio, el industrial Fabio Echeverri,
el presidente Uribe ha hecho saber a los
colombianos y las colombianas que no necesita
de esos debates, ni se va a exponer a que
lo critiquen durante la campaña; basta con
mostrar lo que ha hecho durante su gobierno
y proponer, sin debates de por medio, lo
que quiere seguir haciendo con el país.
La campaña -dice Echeverri- no puede convertirse
en una riña de gallos.
La postura del presidente candidato es
-por decir lo menos- lamentable y deja un
tufillo de arrogancia suya y de su equipo
de asesores, que poco bien le hace a la
campaña y a la cada vez más frágil democracia
colombiana. Si algo queremos en los próximos
dos meses es ver a los candidatos -incluido
el presidente- mostrándonos sus propuestas,
confrontándolas con las de sus contrincantes
y sometiéndolas al escrutinio ciudadano.
Pero, además, la negativa de Uribe a medirse
en una discusión pública con los demás candidatos
puede convertirse en un boomerang para su
campaña pues seguramente terminará siendo
considerado por la opinión pública, incluidos
sus simpatizantes, como un personaje autista,
alejado del mundo real y encerrado en su
burbuja protectora del sesenta y cinco por
ciento de popularidad.
En últimas, la actitud del presidente
desnuda un miedo a la deliberación, un pánico
escénico en los tinglados de la democracia,
pues sabe que varias de sus promesas de
gobierno han sido incumplidas en lo que
va corrido de su mandato -entre ellas el
fin del conflicto armado y la exterminación
de los grupos guerrilleros- y que las propuestas
que ha sacado adelante, como el TLC, las
reformas tributarias y la modificación del
sistema de pensiones -para mencionar solamente
algunas- ponen seriamente en riesgo el futuro
del país y contribuyen a desmejorar sustancialmente
las condiciones de vida de la mayoría de
los colombianos.
Nos habían vendido la idea de que el presidente
era valiente, frentero y arriesgado. Hoy
lo vemos como un hombre escondido tras de
su popularidad, inseguro frente a la controversia,
poco dispuesto a mostrar en público sus
debilidades y, sobre todo, soberbio en el
tratamiento a sus contrincantes. Pierde
la democracia, perdemos los colombianos.